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Todo lo que te han contado de Cuba es verdad. Una verdad que es mentira por inabarcable, por incomprensible, por maravillosa, por única. El reggaeton sonando 24/7. El calor asfixiante. Las canicas de los niños tintineando en la calle. La botella de ron que pasa de mano en mano antes de lanzarse a bailar salsa. Los cocoteros infinitos, las playas cristalinas. Los colores estallando en tus retinas. El olor de los cafetales. Los cubanos prometiéndote el cielo si les das una noche en la tierra.

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De lo único que puede uno lamentarse en Cuba es de venir de otro mundo, de uno que no permite la misma fantasía de la que ellos disfrutan. El país vive estancado, encerrado, bloqueado. Lo grita el Malecón, permanentemente decorado con los renqueantes coches de los ’50. Lo confirman los estantes vacíos de los… digamos supermercados. Y sin embargo, todo en Cuba es ficción. Incluso su situación nos lo puede parecer a veces. ¿Cómo un país vive con el tiempo parado durante tantos años? El turista llega este 2015 con ganas de ver Cuba antes de que todo cambie por la inminente (y aparentemente definitiva) entrada de los gringos. Los cubanos ríen con sorna y se cargan nuestra inocencia de un plumazo: el turista de 1990 viajaba ya con esa idea. Y el de 2000. Y así. Pero nada cambia y la historia se repite una y otra vez.

Como se repite el arroz con frijoles y el pollo en cada comida y como se repiten, también, las batallitas y los cuentos de los cubanos. 24 horas al día. Sólo por hablar. Sólo por reírse. Sólo por hacer alguna cosa que no sea pensar en que nada cambia. Porque no saben qué es mejor, cómo les iría mejor. Si cediendo ante un mundo que no para de girar a su alrededor o manteniéndose congelados en el tiempo. Porque no se está tan mal, no?

Después de 14 días recorriendo Habana, Santiago, Baracoa, Camagüey, Cayo Coco y Trinidad, una sale de la isla con la sensación de que para que Cuba fuera al ritmo del resto del universo, sería el propio universo el que debería desacelerar. Y quizás no nos iría nada mal. “Cuba es un fenómeno”, decía Alfredo desde la parte delantera de un viejo pero funcional Moskvitch. Y para entonces, cuando sólo llevábamos cuatro días en la isla, ya lo sospechábamos. Un fenómeno irrepetible.

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No me hagáis enumerar las ventajas de su sistema, que permite cubrir las necesidades básicas bajo una libreta de abastecimiento o que les hace disponer de sanidad y educación gratuitas (incluso la universitaria). Tampoco me hagáis deciros por qué creo que nada de eso es ya suficiente. Dejadme hablar, eso sí, de cuando la misma pobreza azota a todos. De cuando vivir del turismo (y por la izquierda) sale más a cuenta que hacerlo de la medicina. De cuando la supervivencia cuesta tres CUC más al yuma (turista) y un timo más no arde en la conciencia del ávido cubano. De cuando te enreda el entramado de casas turísticas oficiales pero no te sale del todo mal y acabas en un séptimo con vistas a la ciudad.

No, en Cuba nunca sabes qué es verdad y qué no. Ni de lo que pasa ni de lo que te cuentan. Pero cuando te relajas, te das cuenta de que eso ni siquiera importa. Ni bajo la palmera, obviamente, ni sobre el asfalto. ¿Por qué viajamos a Cuba? Para conocer, para vivir y para reír. Eso quieres y eso es justo lo que te ofrecen. Y sin necesidad de convertir sus calles en parques temáticos ni de llenar sus ramblas de puestos de souvenirs. Aquí el recuerdo se lo lleva el que la pisa, el que baila, el que siente irremediable felicidad sobre una barca rodeado de naturaleza, el que se baña en el río, el que contesta a ese constante tercer grado sobre cómo es vivir en cualquier otro lugar, el que escucha 100 veces seguidas Chan chan, el que bebe refrescos Ciego de Montero como si no hubiera mañana para sobrellevar el húmedo calor, el que alucina con las plazas llenas de cubanos a la caza de wifi, el que pelea por bajar el precio del taxi, el que en una sombra ve un tiburón, el que de repente conoce que todos los cubanos saben de meteorología, el que busca de terraza en terraza otros turistas para compartir horas y anécdotas sobre un coche camino al Cayo, el que se indigna ante la falta de compromiso generalizada, el que escucha La Gozadera primero con disgusto y luego se desgañita cuando la escucha por enésima vez.

Cuba es justo eso: o te sueltas o caes en el pozo de la incomprensión. ¿Qué loco iba a decantarse por la segunda opción?

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