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Hice de abogado del diablo y perdí. El jueves, cuando las webs se actualizaban con titulares que dejaban atrás la palabra “accidente” y daban paso a “deliberadamente” encendiendo antorchas contra Lubitz, yo me llenaba la boca pidiendo cautela y acusando de sensacionalismo. Y en eso no me equivocaba, sensacionalistas eran aquéllos que no titubearon al hurgar en la identidad y las vidas truncadas de las víctimas y sus familias. Featured imagePero resulta que The New York Times, que desveló en primer lugar que sólo había una persona en cabina, tenía una buena fuente (cómo no). Y sí, el piloto fue al baño y al mando de aquel Airbus 320 de Germanwings quedó sólo el copiloto, Andreas Lubitz. Revela una de las cajas negras, para horror general, que en el camino de 150 personas se interpuso sólo la voluntad de una. Y eso bastó para acabar con todo. A pesar del giro inesperado de los acontecimientos, lo único que está claro es lo mismo que el primer día: somos frágiles. En muchos sentidos. Humano y frágil Patrick Sondenheimer, por tener una necesidad y combatir su mala suerte después con un hacha entre las manos. Humano y frágil el copiloto que soñaba con ser comandante y vio su deseo alejarse por su enfermedad psicológica y física. Humanos y frágiles aquellos 148 restantes que lo perdieron todo en 8 minutos. Humanos y frágiles los editores que se dejaron llevar por no renunciar a ser los más leídos. Humanos y frágiles los lectores, que no miraron a otro lado, que no podían dejar de comentarlo, que no podían creerlo. Y es que a pesar de haber vivido toda la gama de grises que van desde la tragedia hasta el horror pasando por todos los ricos matices del drama, no se me olvida que El País no dudó en incluir, en la primera noticia tras el accidente, que ese avión de Germanwings se ofertaba en internet por 39,99 euros. Ni se me olvida que se cuestionó, primero, la juventud del piloto y luego El Periódico tituló “Andreas Lubitz, el psicópata”. Ni que Josep Cuní tuvo la suerte y la desgracia de que la madre de uno de los fallecidos le contactara porque necesitaba hablar. “¿Ha asumido que nunca más verá a su hijo?”, le preguntaba tres días después de su muerte y equivocaba la foto del malogrado hijo. Y la señora Mercè decía que sí, porque toda la vida ha trabajado de cara al público y sabe bien que se llora si se quiere, pero en casa. Tampoco olvido la caza de brujas a las personas que padecen ansiedad y depresión tras conocerse que Lubitz sufría de lo mismo. Humanos y frágiles todos, que hemos visto cómo todo cambia en un segundo. Todo: los hechos que parecían sólidos, las teorías que parecían inverosímiles, las vidas que habíamos proyectado. Y no viviremos diferente. Humanos y frágiles todos, que probablemente olvidaremos las enseñanzas que el Airbus 320 nos dio en los Alpes. Y no lo haremos mejor la próxima vez. Porque no sabemos. Porque somos humanos y somos frágiles. Y ésa es la única certeza que tenemos incluso en la semana en que más lecciones se han dado.

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