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Llegaste un frío día de enero y parecía que te ibas a quedar toda la vida. Pero no, 365 días después has decidido que te vas. Dices que te obligan, que esto tenía que acabar y que sólo puede ser hoy, que cuando tienes tan claro que algo ya no da para más, más vale sacarse la tirita rápido. Un estirón, escozor y alivio final.

“Cariño, tenemos que hablar”, has dicho. Y has hablado sólo tú. De risas hasta que nos han dolido las mandíbulas, de lunes pensando en el nórdico del viernes, tu nórdico, tu viernes. De aquellos locales y aquellos delantales, de mis manos en tu cintura y tus dedos en mi espalda, de sofás que todavía nos atrapan, de palabras que nunca debimos pronunciar así que nunca lo hicimos. Tú y yo no somos de ésos que se arrepienten de nada. Tú y yo no somos de ésos. ¿Tú y yo no somos?

Hablas también de sueños y de sueño, de amigos que están lejos, del hartazgo de echar de menos, de conversaciones ante cuántas cocacolas. De todas las veces que llegamos a arreglar el mundo, ése que sabíamos que no tenía arreglo. De muchas escenas de muchas series, de cenas gerundenses y japonesas en Barcelona y de una noche en la que, de repente, la música en directo nos hizo reencontrarnos en un bar. De correr como si no existiera mañana, de nadar y sentir la vida en cada brazada. De propósitos y despropósitos con mis turcos. De cuando nos desgarramos la voz gritando nuestro amor en aquellos días raros con la misma BSO. De cuando me atreví. De cuando me volví a atrever. De cuando no me salió bien.

Y, claro, porque siempre existo más cuando no existo aquí, de nuestro verano en Sicilia, de cuando cantamos ‘Don’t you want me’ a ritmo de semifinal de Mundial a un minuto del templo de los Beatles. De los fuegos artificiales en San Sebastián y de las lágrimas que compartimos en el Guggenheim. Fue la primera vez que lloramos en un museo. ¿Cómo lo íbamos a olvidar?

Y entonces has reconocido que yo a veces -las más- no he sabido estar. Aunque siempre sabías que podías encontrarme, en aquel ático donde me colgaba del teléfono y maldecía a Valencia con Madrid hasta que Madrid se independizó. Y me has nombrado a todos aquéllos que han entrado en mi vida durante 50 minutos, durante una entrevista, y ahora ya no saldrán jamás. Porque de todos me he llevado una frase, un consejo, una lección. Todo en conversaciones que nunca deberían acabar con quienes tienen grandes ideas, pero sobre todo, enormes ganas de que algo cambie, de ser ellos el motor. Porque alguien tiene que serlo, dices. Y me juras que te vas por eso, porque el motor tengo que ser yo. Mientras yo siga aquí, aseguras, seguirás dejando pasar las horas. Sin más.

Dices, después, que yo contigo no he sido feliz. Y que me merezco serlo. Y que no es una manera manida de despedirse, sino una verdad universal de ésas que tanto me gustan y que tanto sufren -sobre todo cuando no son verdades universales- los que me rodean.

Te vas, 2014. Y me dices que tú sólo has existido como mero escenario (para colmo, temporal) de todos esos momentos que me cuesta ordenar. Que nunca hemos sido dos. Que hemos sido los míos y yo y tú como observador. Y que te ha gustado mirarme, pero te hubiera gustado más sacarme a bailar.

Para el próximo que viene, porque siempre viene otro, y a qué ritmo, prometo desgastar las suelas en cualquier pista. ¿Os he dicho ya que 2015 es mi año? Yo soy el motor. Y vosotros, que esta vez no encontráis vuestro nombre y os descubrís en cualquier frase, sois pura gasolina para mí.

Gracias una vez más.

¡Feliz año nuevo!

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