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Cuando estudiaba en la universidad, me asomé tímidamente al derecho. Recuerdo la voz de aquel profesor explicando que había más formas de ejercer democráticamente que yendo a votar cada cuatro años. Tenía todo el sentido del mundo, así que seguí escuchando. Nos habló de referéndums y de iniciativas legislativas populares e insinuó que si bien la Constitución los contempla, no era oro todo lo que relucía. Creo que sólo años después he entendido a qué se refería cuando nos hablaba de mayorías difíciles de conseguir (especialmente para reformar precisamente la Carta Magna) o de la capacidad de los parlamentos para convertir una ILP en todo lo contrario a lo que se había pedido.

Creo que tampoco se guardó que la asistencia a una manifestación también podía ser altamente democrática. En todos estos años (y sí, ya hace unos cuantos), he participado en oh, esa gran fiesta (fiestón) que es la democracia. Y perdona que empiece a ironizar pero enseguida verás por qué he perdido la fe.

He denunciado la inexistencia de papeletas de algunos partidos determinados en mi colegio electoral y he firmado por la retirada de las corridas de toros en Catalunya (sí, me hubiera encantado que hubiera sido también contra los correbous o cualquier espectáculo lamentable en el que se dañe o se aplauda causar dolor a animales). Mi voz, entonces, contó como la de los demás firmantes y los que dicen representarnos parece que lo hicieron, por una vez. He votado en elecciones municipales, autonómicas, generales e incluso europeas. Las más de las veces no lo he hecho convencida –me cuesta confiarle mi voz a alguien (y más a esos alguien!!)– pero siempre he tenido muy adentro el argumento de que nuestros abuelos no pudieron hacerlo durante la mayoría de los años de sus vidas.

Sí, también me he manifestado. Y lo he hecho de forma insistente, pero seguro que menos activa de lo que debería. Siempre he estado llena de dudas. Me preguntaré siempre si medí adecuadamente la importancia del 15-M en su momento, cuando se me erizaba la piel viendo a aquellos manifestantes aporreados por los Mossos pero sin pensar ni por un instante en acampar junto a ellos. Entendí la causa y, claro, salí a la calle, pero tal vez grité menos de lo que podía imaginarse. Simpaticé con ellos y los acompañé algunas tardes -igual que lo hice con quienes este mismo año pedíamos la República tras la abdicación de Juan Carlos I.

En estos años, he salido a la calle varias veces más. Contra el plan Boloña, contra los asfixiantes recortes y por lo que yo considero derecho de los catalanes: el de decidir sobre su futuro. Me he manifestado porque he sentido la necesidad de hacerlo, porque me hierve la sangre desde hace tiempo. Demasiado tiempo. Y estaba rodeada de un millón de personas en la primera de esas manifestaciones donde noté que algo estaba muy roto y de repente se hizo evidente que no se podía arreglar por un cúmulo de malas gestiones, indiferencias e intereses que jamás podremos comprender nosotros, pueblo raso, que nos creemos que tenemos algún papel (pero yo cada vez estoy más convencida de que no). La consulta no es legal, nos dicen tan machaconamente que ya no puedo tolerarlo ni una sola vez más. Si yo estoy de acuerdo, la consulta no es legal. Pero no lo es porque no han querido que lo sea. Podría haberlo sido, pero no.

GENERALITAT YA TIENE EL PROTOTIPO DE URNA PARA LA CONSULTA DEL 9 DE NOVIEMBRE

Fotografía de Efe

Y ahora ya lo han conseguido. Estamos quemados. Y encima sigue habiendo dudas. El 9-N que nunca iba a llegar ha llegado y, adivina qué: es mañana y la consulta no sólo no es vinculante sino que tampoco está autorizada y no se sabe bien qué pasará. Lo más seguro es que nada, pero en el estómago muchos sentimos una sensación de incertidumbre y prácticamente de inseguridad, tanto si votas como si no. Porque si votas sabes que no va a ninguna parte, pero yo al menos quiero hacerlo como símbolo de que para mí democracia es eso: que me pregunten y responder, sobre cuantas más cosas, mejor. Pero si no votas puede parecer que te dé igual, y eso tampoco es justo. Conozco varios casos -y no creo que sean aislados-: querían expresarse en una posible consulta (a favor o en contra) pero mañana no lo harán. No así, en colegios no autorizados, con la sombra de las amenazas de unos y otros cruzándose, con la incerteza de saber si la votación tiene todas las garantías.

Mañana es 9-N y yo todavía no sé qué quiero votar. Estoy agotada, aturdida. Tengo los sesos exprimidos de tanto pensar. Por un lado, está la convicción de que esto ha sido un entretenimiento, de que han jugado con nosotros, de que nos han usado, de que a mí nadie me ha hablado de lo importante en todo este tiempo, de que parece que no exista nada más, de que ningún político (de ningún bando) ha estado a la altura, de que hay una sordera española con la que no puedo lidiar ni un día más y una soberbia catalana en la que tampoco puedo encajar.

Por otro, la sensación punzante desde hace años: este matrimonio se ha roto y, cariño, no te soporto más. Ya no me miras, ya no me tocas, ya te doy igual. Pero mejor juntos (aunque sea durmiendo en camas separadas) que, qué pereza, hablar o cambiar.

Mañana es 9-N. Y esa actitud tan chulesca. Tú ve a votar, mi vida, que yo, yo… te espero en el bar.

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