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“Mira como corre, qué cobarde es el tiempo”, reza la letra de una de las canciones de su último disco, La música no se toca, el mismo que ayer presentó en el Palau Sant Jordi de Barcelona. No estaba lleno el Palau, y eso con Alejandro Sanz es una novedad. Pero lo que pasó allí dentro, con 14.000 personas en ebullición, fue lo de siempre. Lo que se esperaba. Lo que se necesitaba con un artista que cada vez raciona más sus discos y sus giras entre idas y venidas de Latinoamérica y amenazas -sí, con esta palabra- de componer un disco en inglés. Pero todo sigue igual, porque cuando sube al escenario lo hace, cómo no, pisando fuerte.

Firma: Mané Espinosa

Mané Espinosa

Cualquiera lo diría. Son más de 20 años sobre el escenario, micro en mano, y la sonrisa de medio lao sigue intacta. Pero también su voz. Y las fans -cuando se habla de su público hay que seguir haciéndolo en femenino- lo agradecieron coreando una y otra vez sus melodías. Alejandro Sanz, que por edad podría ser el marido de la mayoría y, sobre todo, el amante de todas, sabe lo que se le pide y, lejos de las estridencias de algunos discos anteriores, lo da sin rechistar con la sombra de la felicidad del que todo lo tiene en la cara. Así no sorprende que sonasen clásicos como el Corazón Partío ni que el Sant Jordi se hundiera con Mi soledad y yo.

Pero qué sería de sus mejores letras sin un piano. Sanz lo volvió a hacer. De repente sorprendió con un cálido medley con Para que me quieras como pieza central rodeada de Enséñame tus manos, Hay un universo de pequeñas cosas y, para cerrar, Me iré.

A pesar de las dos horas de concierto en las que también sonaron algunos temas nuevos como Mi Marciana o Camino de rosas o algunos menos recientes como Looking for paradise -acompañado de la impresionante Sara Devine-, Desde Cuándo, Se vende, No es lo mismo o Cuando nadie me ve; dirán algunos que faltaron anoche algunos de sus mejores clásicos. El madrileño quiso acabar con Amiga mía e ¿Y si fuera ella? para evitar los reproches. ¿Qué no se le iba a perdonar? El Sant Jordi se moría de ganas de que Alejandro se quedara toda la noche a susurrarnos al oído las canciones de todos esos amores que querríamos haber vivido. “Hoy no te vas”, gritaron enérgicamente las fans, de la primera a la última fila. Y Sanz sonreía, entre halagado y nervioso. ¿Se imaginan que no le hubiéramos dejado salir?

Demasiado respeto se le tiene a este artista, que demostró anoche andar sobrado de energía, voz y buen humor, como para encerrarlo de esa manera. Libertad y al aire, Alejandro. A seguir corriendo con el viento. O con el tiempo. Para él, más de 20 años son un suspiro. El de sus fans antes, durante y al terminar el concierto.

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