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Llevo desde anoche pensando en este texto. Sin embargo, tenía claro el titular. No se me ocurre mejor título para este post en el que siento la necesidad de hablar de la obra de teatro homónima de Jordi Casanovas que podéis ver hasta el 7 de abril en el Teatre Nacional de Catalunya. Digo pronto el nombre del autor y las fechas en cartel porque es completamente necesario que sepáis ambas cosas. Una, por justicia, para que Casanovas no quede en la sombra, como tantos otros directores, por su propio reparto. Otra, para que nadie se quede sin verla. Es la segunda vez que esta obra pisa el TNC, y ojalá hubiera una tercera, pero visto el panorama, más vale prevenir que curar. Os queda una semana.

Sin embargo, a la obra le queda mucho más recorrido. Concretamente, el de la historia del teatro catalán, que sin duda sabrá hacerle un hueco cómodo entre tantos textos memorables. Estoy convencida de ello y lo digo sin titubear. Hay que estar en esas butacas para comprenderlo. Seguramente hasta el segundo entreacto sólo se tenga la sensación de estar viendo una obra bien hecha, algo que es de agradecer pero que no sorprende tanto en Barcelona, ciudad que ha visto revivir sus salas desde hace unos años. Pero todo cambia de repente, el espectador no sabe muy bien por qué. ¿Es la entregada Núria de Alicia Pérez? ¿Es la revolución? ¿Es el aire del Pallars? ¿Son los siempre efectivos Pep Cruz, Lluïsa Castell, David Bagés y Mariona Ribas? ¿Son los convincentes David Marcé, Borja Espinosa, Vicky Luengo y Lurdes Barba?

Es todo eso. Pero hay mucho más. Está el Luis Calanda de Andrés Herrera (que es suyo y sólo suyo y ahora no podré ver en otros pantalones) y está la Barcelona preolímpica. La calle. El Somorrostro. Está el amor desmedido de una madre por su hija. Las supersticiones, las brujas, las escopetas, los pueblos. El oro. El mercadeo, el trapicheo, el politiqueo, el mamoneo. La decadencia, la falsa prosperidad, los inicios de la crisis, qui ho diria. Las revoluciones que todo o nada cambian. Y el western en el que el espectador puede pisar la arena y oler los disparos.

David Ruano

Fotografía de David Ruano / TNC

Y luego está la lengua. Porque Jordi Casanovas no se ha olvidado de eso, que también es una historia catalana. No otra. La misma. Y está el Pallars y sus “popes”, Barcelona y sus charnegos y Nicaragua y sus nicaragüenses y sus gallegos. A cada cual lo que le toca. Sin prejuicios, sin remilgos, sin necesidad de ser políticamente correctos. ¿Para qué? Y está el vivo de Luis Calanda aprendiendo catalán para comprarse Catalunya (porque Catalunya es de quien la puede comprar) e inglés para tangar a los turistas.

Una història catalana es precisamente una historia catalana. De interioridades y de superficies, de pueblos y de ciudades, de familias y de individualidades. De americanos y de castellanos. Y de buen teatro. Porque eso también es Catalunya y Casanovas nos lo recuerda por si alguien había dudado. Buen teatro ambicioso. Profesional. Refinado. De todo menos de arreplegats. No merecedor de recortes culturales que mermen sus inagotables capacidades. Eso no nos lo dice Casanovas, pero lo vemos. Queda claro. Se ve entre navajazos, chupitos y disparos. Se respira en la plaza del pueblo.

Fotografía de David Ruano / TNC

Fotografía de David Ruano / TNC

Se hace la luz y el público, que relaja por fin los músculos, comenta agitado como cuando sale de ver una película de Tarantino. Que tiemble el de Knoxville si Casanovas decide trasladar su historia a la gran pantalla. Aunque quizás no haría falta. Quizás bastaría darle más temporadas en el TNC y hacer que recorriera Catalunya para que todos nos miremos al espejo. Porque en esta historia estamos todos. Que nadie lo dude.

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