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Ayer volví a ver claros los peligros de que una información corra como la pólvora. Nos sigue siendo demasiado atractivo ser los primeros en algo. Somos así de competitivos. No nos damos cuenta de que ser los primeros, si inventamos, no tiene valor alguno. Me di cuenta cuando vi esta fotografía de un supuesto intercambio de tweets:

somoano

Para los no periodistas o los despistados, Julio Somoano es el director de Informativos de TVE (en substitución del ejemplar Fran Llorente) y en este supuesto comentario afeaba a uno de sus trabajadores que diera esta noticia. Pues bien, como destaca el periodista Carlos Miguélez en su blog toda esta historia es inventada. Concretamente, por el tuitero @jockah. Sin embargo, ha tenido recorrido en redes sociales como Twitter o Facebook. Ayer mismo me la colaron a mí que, escandalizada por lo que podía ser, no dudé en compartirla con mis 402 contactos de Facebook y algunos de ellos, lógicamente confiados, no dudaron, tampoco, en compartirla. En menos de cinco minutos pasé del escándalo por lo que podía ser (entendedme: la censura es evidente pero nunca hemos llegado a tal desfachatez) al escándalo por lo que en realidad fue: las prisas y los nervios me habían jugado una mala pasada.

El tuitero inventor no dudó en esgrimir que todo formaba parte de una especie de experimento social por ver qué pasaba. Pues está claro, @jockah. Pasa que la gente pica. Y la gente pica no por falta de rigor voluntaria sino por cansancio y por ansia de que todo acabe ya. El escándalo nos parecía muy verosímil. Y eso es grave, pero como comunicadora no puedo olvidar lo grave que es, también, que la gente lea un titular jugoso, lo abrace, lo haga suyo y lo comparta sin pararse a pensar un momento. Ahí acaba todo casi siempre. Pocas veces existen esos 15 minutos que dedicó un becario del diario en el que trabajo, Pau Esparch, para intentar entender y razonar si lo que veíamos era cierto. Y sí, perdonen pero me parece destacable decir que era un becario quien dedicó su tiempo a reflexionar en tan buena dirección.

Ayer me di cuenta (y ojo, no soy tan ingenua, no es la primera vez) de que todo ese mundo que se nos abre ante los ojos gracias a internet puede ser, también, un espejismo. Requiere la calma que no tenemos. Y vale la pena recordarlo de vez en cuando, especialmente en tiempos en que los diarios en papel (que sí permiten esa reflexión y dan el espacio suficiente para explicar) sólo se usan para decorar bancos de metro o suelos recién fregados.

Paremos un momento.

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