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Fotografía del barrio de la Barceloneta extraída del blog Ladridos crepusculares

 

¿Sabéis de esas personas que tienen una presencia tan apabullante que todo lo llenan? Ella era justo eso. Una presencia abrumadora y brillante. Ojalá todos hayáis tenido el privilegio de conocer a alguien así. Y sin embargo, no le deseo a nadie lo que viene después: el vacío igualmente sobrecogedor de cuando ya no están más.

Entonces suele empezar la tortura de las preguntas nunca formuladas, del tiempo no transcurrido, de los momentos no compartidos. Por suerte, esa clase de dolor no va conmigo. Porque siento que lo absorbí todo. Aunque una siempre quiere más. Y unos minutos más no hubiesen sido suficientes. La eternidad, pedía. La eternidad para ella, para que todo el mundo la conociera, para que todo el mundo la disfrutara, para que todo el mundo entendiera ahora lo que suponen 365 días sin ella. O mejor: para que nadie tuviera que entenderlo.

Yo estoy librando otra batalla: la batalla contra lo borroso, que se acerca injustamente. La que hay que ganarle al tiempo y la memoria para no olvidar. Ni su voz ronca, ni su risa contagiosa, ni su mirada clara, ni sus palabras acertadas, ni su historia que no sólo es la de mi familia sino también un pedacito de la de mi ciudad y mi país. Esa historia que ella contaba tan bien, sin dolor, sin rencor.

No os engaño. Digo todo esto con tristeza. Y con nostalgia. Pero con la sensación certera de haber tenido suerte por una vez. Por haberla tenido como abuela, madre y amiga durante 22 años largos. Esa única fortuna vale por toda la suerte que puede acumular una vida entera. Y eso ya no me lo va a quitar nadie. Y lo mejor es no haber tenido que esperar a que no estuviera para pensarlo y decirlo. Ella lo sabía. Ella era esencial y lo sabía.

 

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