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Que las palabras no eran simples letras encadenadas lo aprendimos pronto. Después, vivimos durante años creyendo entender los significados de cada una y descubriendo nuevas y añadiéndolas a discursos pensados para no ser leídos y, en la mayoría de casos, ni siquiera para ser dichos.

Todo era vacío, en realidad, hasta que un día comprendes. No sabes cómo. De repente, A no es B. A es A. ¡Estaba tan claro! Y todas las teorías se desmoronan y todos los poemas se reescriben. Y el círculo se cuadra. No hay marcha atrás, A nunca será B de nuevo porque A nunca fue B. Pero eso no lo sabíamos.

El amenazado

Es el amor, tendré que ocultarme o huir. Crecen los muros de su cárcel, como un sueño atroz.

La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única ¿de qué me servirán mis talismanes; el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó al áspero norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que me miran por las ventanas, pero la sombra no me ha traidor la paz.

Es, ya lo sé, el amor; la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con su mitología, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos se cercan, las hordas (esta habitación es irreal; ella no la ha visto). El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges

Aprehenderlas todas. Entenderlas todas. Para luego borrarlas. Qué inutilidad.

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