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Foto de Lluis Gené / AFP

El dolor, como el fuego, es asfixiante. Una ya no sabe qué parte del cuerpo se le rompe cuando ve una imagen como ésta del paradisiaco Empordà en naranjas tan atractivos para la cámara como temidos por todos. El corazón, está claro. Pero se va algo más entre las llamas. Se va la racionalidad, se van las fuerzas, se va un poco la esperanza. Y se recuperan de golpe al ver gente ofreciendo sus casas, su comida, sus ánimos. Sus brazos. Sus vidas.

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