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Cuentas los días para que llegue algo y de repente ese algo llega, pasa, te enloquece y se va. Como si nada. Y tú te quedas con la sonrisa pegada en la cara (que no sabe si salir del todo o esconderse para siempre por la repentina ausencia), el cuerpo raro y la cabeza en el algo que se fue sin preguntar.

A mí contar los días siempre me había parecido una señal irrefutable de deseo hasta que alguien contó los días y luego dijo que era sólo una forma de que se le pasaran más lentos, de que la vida no se le escapara tan deprisa. Vaya forma de engañarse.

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