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Siempre pienso que el día que me ponga a gritar no pararé jamás. No podréis escuchar el canto de los pajarillos al amanecer, ni el traqueteo del metro, ni el sonido del café asomando por la cafetera, ni vuestra canción favorita. Nadie podrá escuchar el vaivén de las olas arrastrando la arena hacia sí como queriendo abarcarla entera ni el silencio que se produce en ese instante en que dos miradas se cruzan y ¡zas! se produce la magia. En todos esos momentos estaré yo y mi grito y llegará un momento en que de tanto escucharlo ni siquiera lo percibiréis.
Por suerte para vosotros, nunca llego a gritar. Para qué, si el mundo ya está sordo.

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