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He decidido que voy a mantener esto vivo como sea. Y como las musas me tienen abandonada, de momento pasaré los días así, hablando de cosas sin hablar, diciendo sin decir, pensando sin pensar…

Hace meses que no me quito de la cabeza dos palabras: valentía y cobardía. ¿Y sabéis qué? Tengo pánico a las atracciones de feria, a los dentistas y a la mayoría de animales sin pelo (aunque a muchos les tengo más asco que miedo) pero no creo que esté huyendo de nada ni perdiéndome nada, al menos nada grandioso. Tal vez una descarga de energía, en el primer caso, una boca bonita, en el segundo, y la descubierta del fantástico mundo animal, en el tercero. Pero al resto… al resto me enfrento.

Nunca he tenido problemas para sentir. Nunca me ha dado por pretender ni por fingir ni por esquivar ni por huir. ¿Para qué?

Sí, quizás me vendría bien relajarme tras un subidón en una montaña rusa, sonreír sintiéndome segura de mí misma o conocer mejor a la fauna que nos rodea. Nunca sabes cuándo vas a necesitar contestar una pregunta sobre quién tiene dientes en el estómago. La langosta, chicos. Ya os lo avanzo.

Pero, sin duda, a otros les vendría mejor dejar de dar vueltas en los loopings de cualquier parque de atracciones y enfrentarse a la vida así, tal y como es, absurda, sin sentido, imprevisible, tremendamente inconveniente . A otros les vendría bien empezar a sentir DE VERDAD subidones que poco tienen que ver con el riesgo de morir. Más bien con el riesgo de vivir. Estoy convencida de que son mucho más reconfortantes al final de todo.

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