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Odio comer sola. Es algo que todo el que me conozca mínimamente (y me quiera bien) debe saber sobre mí, para acompañarme y evitarme esa desagradable situación.

No me gusta comer sola en casa, pero es algo a lo que me acostumbraron mis noches de cenas a horas intempestivas cuando ejercía de aprendiz de cierre y no volvía antes de las 3 de la madrugada a mi casa. Entonces me dedicaba a ver series mientras me comía un plato de spaguetti bolognesa. Insisto, a las 3 de la madrugada.

Pero lo que odio de verdad es comer sola en un restaurante. Me parece deprimente e incómodo. No es que me encante hablar mientras como pero lo de escuchar se me da bien. Justo hasta que la otra persona me dice: “vamos, ahora cuéntame tú, que se me está quedando fría la comida”. Y entonces hablo yo, que total… no me he llegado a comer ni medio plato porque como a una velocidad increíblemente lenta. No es que disfrute tanto con la comida que quiera alargarla, saborearla. Es que me lleno al segundo bocado.

Pero volvamos al tema: odio comer sola en un restaurante. Y lo hago una media de dos veces por semana. Mucho. Demasiado (pero mejor que comer acompañada por el ordenador ¬¬). Durante un tiempo, decidí comer algo rápido en un local donde descubrí que no me metían prisa por irme y que podía invadir a gusto la mesa. Libro o diario en mano. Incómodo pero provechoso. Felicidad. Pero los frankfurts (o variantes) cansan y hoy he decidido cambiar. ¿POR QUÉ? Craso error.

He ido a un restaurante LLENO, donde me han sentado en una de esas mesas para solteras que viven rodeadas de gatos (¿por qué los solteros de los tópicos no lo hacen?). Ya sabéis, una mesita en una esquinita, pero bien a la vista de todos los grupos presentes en la sala para que pudieran observar bien mi soledad (drama MODE ON, desde el principio de este post). Eso sí, me han puesto delante de las dos únicas teles de la sala. Normalmente tienen sintonizado algún canal de música y suele ser entretenido ver a Lady Gaga sin que se te pegue ninguna melodía.

En cambio hoy… precisamente hoy en que he cometido el error de abandonar el frankfurt de siempre, lo que aparecía en pantalla era Mujeres, hombres y viceversa y luego la programación ha mejorado, oh sí, con La buena ley (o como se llame). Telecinco ha invadido mi comida. Pero lo ha hecho de una forma sorprendente: en silencio. No he podido parar de mirar a toda esa gente hortera y gritona que aparecía ante mí, por una vez, sin voz. Tremenda paz al ver a los animales del circo gesticular hiperbólicamente sin escuchar nada, eso sí.

Conclusiones del día:

– Odio comer sola.

– Si has de ver Telecinco, házlo sin volumen. Estarás ganando paz interior.

– Necesito nuevos amigos con disponibilidad horaria para comer. Lunes y miércoles. Entre la 1 y las 3.30. Dejen sus currículums a continuación.

PD. La imagen de Telecinco la he visto en el blog Escudella urbana y está firmada por J.R. Mora.

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