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Cuando muere alguien no sólo tienes que enfrentarte a la punzante ausencia sino también a deshacerte de centenares de cosas que esa persona guardaba y que, para ella, eran imprescindibles.

¿Cómo acabar con sus recuerdos y con tus recuerdos de un escobazo? ¿Qué podemos tirar? ¿Qué podemos reciclar? ¿Qué debemos guardar?

Una vida, o dos, no caben ni en un cajón ni en otro hogar que no sea el suyo, el que esa persona eligió. Se pasan la vida diciéndonos que nada dura para siempre y creemos que lo entendemos pero no es así. Hasta que algo acaba. Entonces te das cuenta de que nada material dura para siempre porque hoy tiramos un mueble, otra generación tirará una joya y la siguiente una foto de parientes lejanos a los que ni siquiera conoció pero que alguien guardó porque para otro alguien eran importantes.

El recuerdo de alguien se antoja imborrable hasta que tú también te apagas. O peor: hasta que lo olvidas. No, nada dura para siempre y, mientras recuerdas, es una idea tan difícil de afrontar como la propia ausencia.

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