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Es curiosa esa manera que tiene la vida de arrebatarnos cosas que adoramos. Como si no fuese ya suficientemente complicado todo, ella lo dificulta aún más, va poniendo trampas, obstáculos, redes.

Yo digo que me gusta septiembre y ella se encarga de teñirlo de negro y de convertir a mi cocacola en un líquido insulso, recalentado y sin burbujas. Pero la vida tiene que saber que una no nació para rendirse al cabo de 22 años, después de ver cómo de miserable puede ser todo. Aunque no me guste en absoluto lo que me está ofreciendo últimamente, tiene que ser consciente de que yo me canso, caigo, caigo, caigo y me cuesta salir pero voy a hacerlo. Aunque sólo sea por demostrarle que puedo.

Quim Monzó decía ayer en El convidat que en la vida si no tienes ilusión no tienes nada. Y yo la pierdo a veces porque me vence alguien que no sé ni qué cara tiene y me golpea y me arrastra después. Pero esto no se acaba aquí. Un buen día un amigo te llama y te hace sonreír, un libro te sorprende, una película te cautiva o un reportaje te queda como tú querías y ya está, la tienes otra vez. La chispa que te faltaba. La ilusión que necesitabas para continuar un par de días más, hasta que la vida vuelva a decidir que te toca jugar y que vas a perder algo de ti otra vez y que te volverás a plantear si quieres seguir.

Aunque con heridas de gravedad, yo sigo. Chúpate esa, vida cruel.

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